Todo cambio cuando conocí a Sebastien Fringe. Debo admitir que antes de verle por primera vez mi desempeño laboral era exquisito, y no es que mi trabajo sea fácil, todo lo contrario. Jamás en mis doscientos años de trayectoria me había pasado algo semejante. Normalmente era sumamente puntual y a los miembros de mi lista de víctimas les llegaba la hora en los segundos exactos. Nunca un tropiezo, nunca una mínima equivocación. Podría decirse que era una viajera incansable que repartía oscuridad por el mundo entero. Pensarán que me agrada mi profesión, pero no es así. Si pudiese renunciar aún ahora lo haría, pero uno no elige su destino aquí. Etiquetas: Cuando el aburrimiento vence la inspiración
Al principio comencé a hacer mi trabajo muy en contra de mi voluntad aunque el instinto asesino corría por mis venas, sin embargo poco a poco mi corazón fue endureciéndose más y más hasta convertirse en polvo. Fue recién a los treinta años de mi fallecimiento cuando comencé a descubrir las ventajas de mi trabajo. Podía darme el lujo de ser creativa, de torturar, de fastidiar, de burlar… En segundo, podía lamentarme y ahogar mis penas en los demás, mi odio a mi misma se reflejaba en el sufrimiento de los otros. Y me hacía sentir mejor. Apenas podía recordar algunas de mis virtudes porque lo cierto era que había pasado mucho tiempo ya de mi muerte. A lo largo de mis miserables años como espectro errante no quedaba en mí ni un rastro de compasión. Era mala, insensible y astuta, lo que mi profesión exigía. Sería por eso que me habían asignado, porque debo admitir que nunca tuve una pizca de piedad. A veces la gente venía a mí implorando descanso eterno, y otras debía arrebatarles la vida en forma sorpresiva. Otras veces las muertes eran prolongadas, otras veces rápida, algunas dolorosas y otras no tanto, dependía de mi estado de ánimo.
No conozco las razones por las que me asignaron esta labor tan peculiar, pero no está en mis manos. El día de mi fallecimiento, el día en comenzó mi misión, solo tenía diecisiete años y una larga vida por delante. Mi antecesora fue muy hábil conmigo y se apareció de repente cuando nadaba en la laguna cercana a mi casa en Arizona, cuando menos la esperaba. A partir de entonces deambulo por el mundo seduciendo a miles de extraños, sola.
La gente habla mucho sobre mí, sin conocerme. Algunas dicen que soy una etapa transición, otros un paso, otros dicen que no soy nada, otros la peor tragedia. Algunos me imaginan como un esqueleto con capa y capucha negra lo cual me hace reír mucho. Soy hermosa, de cabellos largos azabaches y ondulados. Mi piel es liza y pálida, mis ojos intensamente amarillos y felinos, mi figura infartarte, alta y pomposa. Mis movimientos son sensuales y mi voz gruesa y avasalladora. Y preferiría que me llamen por mi nombre, Serena Greco.
Los hombres caen rendidos a mis pies, lo cual me satisface enormemente, sin embargo cuando comprenden quien soy ya no les agrado demasiado. Debo admitir que a veces me valgo de la promiscuidad para atrapar a mis pacientes. Las mujeres siempre fueron más valientes a la hora de dejarlo todo atrás.
Me visto normalmente, por no decir siempre, de negro. Debo actualizarme constantemente para que no noten mis diferencias, que no son muchas, probablemente cuando les toque su hora ni siquiera me notarán desigual. Mis capacidades diferentes son pocas y podrían llegar a desilusionarlos. Cuando necesito tener las condiciones de un cuerpo indefenso, uso el mío. Cuando necesito atravesar muros los atravieso. Mis sentidos están agudizados. Se preguntarán cómo hago para estar en dos partes del mundo a la vez.
Simplemente voy y vengo en el tiempo, de pasado a futuro.
Cuando me lo propongo puedo ser muy dulce, y otras veces cruel hasta la extenuación. No obstante siempre persuasiva, debo serlo con los más curiosos e inseguros. Los valientes me fastidian, son los más dóciles y aburridos. Los temerosos me exasperan. Los desprevenidos me regocijan. Los desesperados me complacen…
Lo raro fue que cuando conocí a Fringe no me apoderé de él con la ansiedad con la que me lanzo sobre los que no me esperan. Sino que simplemente permanecí donde me hallaba absorta. Estaba en un vehículo color platino que llevaba el estéreo a todo volumen y se encontraba estacionado junto a un árbol. Me deslicé como una sombra detrás del mismo. Estábamos en mi país natal, los Estados Unidos, en la ciudad de Nueva Jersey. Ligeramente quedé prendada a sus pies, nunca me había ocurrido algo semejante. A partir de allí me dispuse a ofrecerle una muerte plácida y deseada, al segundo siguiente de verle. Pero eso tomaría mucho tiempo, era un joven de diecisiete o dieciocho años con muchas ganas de vivir. A la vista era hermoso, sus cabellos eran marrones y desprolijos. Pude distinguir unos ojos magníficamente celestes y reveladores. Su tez era trigueña y su nariz levemente respingada. Localicé la razón por la cual me embelesaba. Era un completo canalla altanero e inconmovible, tanto como yo. Junto a él había otro joven, supuse que debía ser Austin Marks, su camarada incondicional, jugueteaba con la tapa de una botella. También era atractivo como su amigo, aunque un poco más indeciso y sumiso.
Ambos tomaban cerveza mientras observaban hacia una congregación de muchachas con faldas cortas y cabellos teñidos que se reían como idiotas y buscaban despertar el interés de los dos chicos, que por cierto, ya las habían ojeado.
Desde entonces lo comprendí todo con pesar e incluso sin creerlo del todo. Ahí venía mi primer error, dejar de lado mi cometido para dedicarme plenamente a mi más predilecta víctima. Sebastien Fringe.
| 17:26 |